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"La industria nos ha entrenado para esto."

Lo pensé hace unas noches, con el pulgar ya encima del botón para saltarme una cinemática.

De Shadow of the Colossus.

Lo jugué en la PS2. Entonces me parecía lo más realista que existía. Y me dejó algo que casi ningún juego me ha dejado después: la sensación de estar haciendo algo mal.

El primer coloso no te busca. Va a lo suyo. Yo lo pillé por detrás y ni le di opción. Solo se retorcía para quitarme de encima.

Cada vez que le clavaba la espada, sentía que estaba matando a algo que no había hecho nada.

Hace poco lo volví a poner. Había abandonado RoboCop (demasiado plano), las niñas estaban dormidas y quería algo que no fuera muy complicado.

Y me encontré jugando en piloto automático.

Cinemática, fuera. Espada en alto, a buscar dónde se junta la luz. Coloso, punto débil, vuelta al templo. Siguiente.

Quedaban muchos colosos. Y yo iba a por ellos como quien va tachando la lista de la compra.

Ahí me salió la frase. La industria nos ha entrenado para esto.

Y tiene parte de razón. Años de flechas en el mapa, de iconos, de objetivos marcados. Algo de eso se te queda en las manos.

Pero Shadow of the Colossus no tiene nada de eso. Ni flechas, ni iconos, ni recompensas diarias. Es el mismo caballo y el mismo silencio de hace veinte años.

Ahí no me estaba metiendo prisa nadie. Las prisas las había traído yo.

Y esto después de haber escrito un libro sobre el tema. Todavía hay noches que caigo.

Hasta que una de esas noches me di cuenta: me estaba estresando por completar.

Había elegido este juego por esos vastos paisajes, por ese abrumador silencio. Y estaba jugando para quitarme colosos de encima, no para disfrutar.

Así que bajé el ritmo. Si veía algo bonito, me paraba.

Y vi una cascada gigante, rodeada de acantilados, desde lo alto de otro acantilado todavía más alto.

Me quedé mirándola. No sé cuánto rato. Sin espada, sin coloso, sin siguiente.

Volvió también el mal cuerpo con cada estocada. No tan fuerte como en la PS2, claro: ya sé lo que hay. Pero volvió esa sensación de estar haciendo algo mal.

Los colosos seguían ahí. Ninguno se fue a ningún sitio por esperarme un rato.

Si alguna vez te has visto tachando un juego que te encantaba, en el capítulo 2 de mi libro te cuento cómo pillo ese reloj antes de que me robe la noche:


Para cuando…
…quieres ser un gato, sin más: Stray. Un gato perdido en una ciudad de robots. Saltas, husmeas, maúllas con un botón y te paras donde te da la gana.

Se pausa cuando quieras, pero no tiene guardado manual: guarda solo al avanzar en la historia, no mientras exploras. El menú de pausa te dice cuándo fue el último guardado, así que antes de apagar échale un ojo. Si vuelves tras semanas, un gato se maneja solo.

No es para ti si te levantas a mitad sin mirar: puedes perder todo el rato que llevabas husmeando. Está en PC, PS5, Xbox y Switch.


Stray es de los que premian pararse a mirar. Si lo juegas tachando zonas, te vas a perder la mitad. Y si quieres que tu hora vuelva a ser tuya y no otra lista de tareas, aquí lo tienes:


PD: Dime qué juego te dejó mal cuerpo la primera vez que lo jugaste. Te leo.