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Lo primero que quiero que sepas es que no soy psicólogo.
Tampoco soy periodista de videojuegos, ni analista, ni tengo ningún estudio relacionado con la mente humana, el comportamiento ni nada que se le parezca.
No hago streaming, no juego cuarenta horas a la semana y mi backlog sigue dando vergüenza.
Soy padre, desarrollador, y llevo más de treinta años jugando.
Si eso te parece poco para contarte lo que te voy a contar, lo entiendo perfectamente y puedes dejar de leer aquí mismo.
Pero antes de nada, una pregunta.
¿Sabes cuál es la forma más rápida de cargarte algo que te gusta?
No es dejar de hacerlo. Ni hacerlo mal. Ni hacerlo poco.
Es algo que cualquiera te recomendaría. Yo lo estuve haciendo siete años, convencido de que hacía lo correcto.
Te lo cuento con lo que me pasó una noche.
Eran las once y media de la noche y yo estaba actualizando una hoja de cálculo.
La consola llevaba diez minutos apagada. Acababa de dejar un juego que me estaba gustando.
No lo dejé porque me aburriera, ojo. Lo dejé porque vi todo lo que le quedaba por delante, eché la cuenta de las horas que me iba a llevar y decidí que no compensaba.
Así que allí estaba yo, en el salón a oscuras, con el portátil en las rodillas, borrando ese juego de una lista.
Y mirando cómo se movían las fechas.
Porque eso es lo que tenía: un Excel con todos los juegos que quería jugar, cada uno con su duración sacada de internet y sus dos fechas, la de empezar y la de terminar, calculadas a una hora al día. Uno detrás de otro, sin huecos. Podía decirte el mes exacto en que habría terminado de jugar a todo.
Y cuando quitas uno de en medio, todo lo demás se adelanta. La hoja lo recalcula sola.
Me acuerdo perfectamente de lo que pensé viendo moverse aquellos números.
Bueno, así adelanto.
Adelanto.
Acababa de renunciar a algo que estaba disfrutando, y lo primero que hice fue felicitarme por ir más rápido.
Eso no lo hace un jugador. Eso lo hace un operario al que se le cae una pieza de la cinta y comprueba aliviado que la cadena sigue.
Estuve varios días dándole vueltas a aquella noche, y cuanto más lo pensaba, peor pinta tenía.
Revisé el Excel de ese año y me salían quince juegos terminados. Quince. Y no era capaz de contarte un solo momento de ninguno de ellos que fuera mío.
Ni uno.
Todos los momentos buenos de esos quince juegos me los había contado antes un vídeo de YouTube, un hilo de Reddit o un análisis que leí para decidir si valían la pena.
Me los habían spoileado con mi permiso. Y con mi dinero. Los había visto para ir más rápido, que es justo lo que me pedía la hoja.
Aquella hoja de cálculo la hice yo. Nadie me la pidió. Nadie estaba esperando mi informe de juegos completados a final de año.
Me había montado una fábrica dentro de lo único que hacía por puro gusto.
A lo mejor tú no tienes una hoja de cálculo. Casi nadie la tiene, y yo la tenía porque soy así de intenso.
Pero seguro que has hecho la cuenta. Esa de mirar cuánto dura un juego, calcular las horas que tienes a la semana y decidir que no, que ahora no, que con lo que llevas pendiente no compensa meterte en ese.
Esa cuenta es exactamente mi Excel. Lo único que cambia es que la tuya la llevas en la cabeza y no te obliga a verla escrita.
Y no es raro que la hagas. Todo a tu alrededor te empuja: hay webs enteras dedicadas a decirte cuánto dura cada juego, vídeos que te prometen que si los ves no la vas a cagar, y cada semana sale algo que no te puedes perder. Con poco tiempo y tanto ruido, hacer la cuenta parece lo más sensato del mundo.
Lo que nadie te dice es lo que te cuesta.
Porque esa es la forma más rápida de cargarte algo que te gusta: organizarlo demasiado bien.
Tardé bastante en desmontar la mía. No fue de golpe y no fue con fuerza de voluntad, que para eso ya estaba yo bastante gastado: fue cambiando decisiones concretas, una por una, hasta que volví a ser capaz de sentarme a jugar y disfrutar de nuevo, sin preocuparme de si había quince juegos esperando turno en la cinta.
Todo lo que aprendí desmontándola está aquí dentro:
Por qué mirar cuánto dura un juego antes de empezarlo te cuesta justo lo que querías ahorrar, y qué hacer en su lugar cuando lo que de verdad te preocupa es no tener tiempo.
La diferencia exacta entre atascarte y perder el tiempo. Son dos cosas distintas y confundirlas es lo que te hace coger el móvil. Aquí tienes el criterio para saber en cuál de las dos estás.
Las cinco cosas que miro antes de comprar un juego y que casi ningún análisis te cuenta. Ninguna habla del juego: todas hablan de cómo te va a tratar a ti.
Por qué el jugador de quince años que llevas dentro te sigue eligiendo los juegos, y por qué casi siempre se equivoca.
Las tres cosas que te atan a un juego que ya no disfrutas, y por qué la segunda es la más pegajosa de las tres.
Por qué todos los sistemas para organizar el backlog aguantan unas semanas y se mueren, y el error que comparten aunque estén bien hechos.
La puerta que tuve delante todo el rato sin verla, y por qué me acuerdo de ella más que de todos los puzles que resolví mirando la guía.
Por qué llevar dos juegos empezados a la vez funciona mucho mejor que llevar uno, y la única condición que tienen que cumplir esos dos.
La sensación exacta que buscas cuando enciendes la consola, y por qué no ha cambiado ni un poco desde los quince años aunque estés convencido de que sí.
Por cierto, esto no es un libro de teoría. Son catorce capítulos cortos, y cada uno termina con una decisión concreta que puedes tomar esta misma noche. No hay ejercicios de introspección ni diarios de gratitud. Lo único que vas a montar es una tabla pequeña, sin fechas ni duraciones, que te dice a qué jugar según cómo llegues esa noche. Y al final, el método entero en una página, para tenerlo a mano.
Seguimos.
Lo que le pasó a mi backlog el día que dejé de tratarlo como una lista de tareas, y qué puse en su lugar.
Cómo distinguir un abandono sano de una huida. Se parecen mucho desde dentro y solo uno de los dos te deja tranquilo al día siguiente.
Las cuatro preguntas que le hago a un juego cuando deja de apetecerme. La tercera decide ella sola si lo sueltas o si estás huyendo.
Por qué los minutos que pierdes al volver a un juego no se arreglan al volver, sino al elegir.
El género que tenía descartado por sistema y lo que pasó cuando le di una oportunidad. Lo cuento porque el mecanismo se repite con cualquier otro.
La verdad incómoda sobre los vídeos de "todo lo que necesitas saber antes de jugar": para quién están hechos de verdad y por qué el algoritmo quiere que los veas.
Cómo decidir a qué juegas esta noche en menos de un minuto, sin abrir la biblioteca y sin arrepentirte a los diez minutos.
Por qué hay noches en las que un juego tranquilo te parece insoportable, y qué le ha pasado a tu cabeza ese día para que ocurra.
Qué hacer la noche que vuelvas a caer, porque va a llegar, y por qué casi nunca tiene que ver con los juegos.
¿Esto me va a hacer jugar más horas?
No. No va de jugar más. Va de que las horas que ya juegas dejen de sentirse como una tarea pendiente y vuelvan a ser tuyas. Son decisiones concretas, explicadas una a una, con el porqué detrás y con ejemplos. Se lee en lo que dura una película, o capítulo a capítulo cuando tengas un rato, y se empieza a aplicar la misma noche.

Volver a jugar. 15€.
Quiero volver a disfrutar jugandoPago seguro con tarjeta. Descarga inmediata en PDF.
¿Cuánto se tarda en leerlo y cuánto en aplicarlo?
Se lee en lo que dura una película, si te sientas de una vez. Pero no hace falta: cada capítulo se lee en unos diez minutos y se sostiene solo, así que puedes ir leyéndolo de uno en uno, cuando tengas un rato. La primera decisión que te propongo la puedes tomar esta noche, antes de encender nada. No hay programa de treinta días ni retos que cumplir. Lo único que vas a montar es una tabla pequeña, una sola vez, y te cuento cómo es un poco más abajo.
¿Quince euros por un PDF?
Sí. No lleva vídeos, ni plataforma, ni comunidad, ni un módulo de bienvenida de doce minutos, y no pienso añadir nada de eso para justificar el precio. Lo que lleva son las decisiones que me costaron años y unos cuantos juegos comprados y no disfrutados. Si te evita una sola compra equivocada de las de setenta euros, se ha pagado sola, y de sobra. Y si aun así te parece caro, lo entiendo perfectamente: entonces no es para ti y no pasa nada.
¿No es esto lo mismo que ya cuentas gratis en la newsletter?
No, y te explico la diferencia porque es importante. En la carta semanal y en los primeros emails te doy los porqués: por qué el backlog no es una deuda, por qué un juego sin terminar no es un fracaso. Eso seguirá siendo gratis siempre. Este documento es el cómo: los pasos, los criterios, los parámetros y las decisiones concretas. Si con los emails ya te vale, no lo compres, en serio. Están ahí por algo.
¿Esto no es un libro de autoayuda con videojuegos de excusa?
Entiendo la sospecha. No hay frases motivadoras, no hay que salir de ninguna zona de confort y no te voy a decir que persigas nada. Lo que hay es un puñado de decisiones prácticas y la explicación de por qué funcionan, incluyendo la parte psicológica, contada en simple y sin inventarme estudios.
¿Tengo que montar algún sistema, alguna lista, alguna hoja de cálculo?
Una tabla, sí. Pero es lo contrario de mi Excel: sin fechas, sin duraciones y sin orden de llegada. Se monta una vez, en un cuarto de hora, y a partir de ahí no te pide nada: la miras un momento y sabes a qué jugar esa noche.
¿Y si llevo años sin jugar en condiciones y ya casi ni me apetece?
Entonces eres exactamente para quien lo escribí. La parte más difícil de todo esto no es encontrar tiempo, es volver a encender la consola cuando llevas meses mirándola apagada desde el sofá.
¿Y si ya tengo mis propias normas y me funcionan?
Puede que no te haga falta. Si ya abandonas juegos sin remordimiento, no miras nada antes de empezar y sabes elegir según la noche que tienes, este documento te va a confirmar cosas que ya haces. Está bien, pero prefiero decírtelo antes que después.
¿Y si lo mío son los juegos largos, o los online que no se acaban nunca?
Entonces te va a interesar todavía más. Aquí nadie te va a decir que juegues a cosas cortas. El juego al que más horas le he metido en mi vida es uno online sin final, y fue de lo mejor que me ha pasado jugando. El problema nunca fue la duración.
¿Hace falta ser padre?
No. Yo lo soy, y por eso mis hijas salen en alguna página. Pero esto va de tener poco tiempo y ganas de jugar, y eso le pasa a cualquiera con trabajo, turnos, pareja o un cansancio que no se quita con un café.
¿Y si tengo dudas después de leerlo?
Me escribes y te contesto yo. Dudas sobre lo que hay en el documento, se entiende, no soy nadie para decirte a qué jugar el sábado. Pero si algo no se entiende o no sabes cómo aplicarlo a tu caso, respondes al email y lo hablamos.
¿Hay devolución?
Sí. Si lo lees y no te ha servido, escríbeme en los 14 días siguientes a la compra y te devuelvo los 15€. Solo te pido una cosa: que me cuentes qué no te ha servido. No es para ponerte pegas, es que es la única forma que tengo de saber qué arreglar. Lo hago yo a mano, porque somos pocos y prefiero que sea así.
¿Viene dentro la Lista de Situación?
En el documento te explico el concepto y cómo montarte la tuya. La mía, con muchos más juegos organizados por situación, es otra tabla bastante más grande y llegará por otro sitio más adelante. No la necesitas para esto: con la tuya te basta.
¿Es una buena inversión?
Si lo que quieres es volver a sentarte a jugar sin hacer cuentas, con decisiones que puedes tomar esta misma noche, creo que sí. Yo llevo años pagando por juegos que no disfruté por no saber lo que hay aquí dentro, y cualquiera de aquellas compras costó más que esto.
Pero nadie mejor que tú para saber eso.

Volver a jugar. 15€.
Quiero volver a disfrutar jugandoPago seguro con tarjeta. Descarga inmediata en PDF.
PD. Si has llegado hasta aquí y no vas a comprarlo, quédate al menos con esto, que es gratis: la próxima vez que empieces un juego, no mires nada antes. Ni cuánto dura, ni por dónde empezar, ni qué build coger. Nada. Juega dos horas a ciegas y fíjate en cómo te sientes. A mucha gente, con eso le basta para notar la diferencia.
PD2. Mi hija pequeña y yo tenemos un juego nuestro: Carmen Sandiego, el del Spectrum, que a mí me encantaba de pequeño. Ella elegía dónde preguntar, yo le echaba una mano con las pistas y las banderas, y entre los dos intentábamos acordarnos de si el ladrón era rubio o tenía un tatuaje. Sin reloj, sin lista y sin prisa por pasar al siguiente. Ella todavía se acuerda de ese juego. Yo también. Eso es volver a jugar.