Hubo una temporada en la que creí que me había vuelto un vago.
Hace unos años de eso.
Me sentaba a hacer un análisis técnico, de esos que piden la cabeza entera, y a los cinco minutos estaba en otra cosa.
El correo. Una métrica. Media noticia. Eso que no se te puede olvidar hacer. Coges el teléfono y esa tontería de dos segundos lleva a otra y a otra, y a otra cosa que no se te puede olvidar hacer.
Al final del día no había parado quieto y no había hecho nada de lo que importaba.
Procrastinar, lo llamaba. Es lo que dice todo el mundo.
Pero me di cuenta de que no era eso. Cada cosa que miraba, aunque fueran dos segundos, se me quedaba dentro. Y cada pocos minutos la cabeza volvía sola a ella.
El mensaje que tenía que mandar. La alineación del fantasy. Cualquier otra gilipollez. Son hilos de memoria que se abren en tu cerebro y no se cierran cuando lo dejas.
Cuando por fin tocaba algo que no me daba nada a cambio en el acto, algo en lo que había que quedarse un rato, ya no quedaba sitio.
¡Error! System.OutOfMemoryException.
No era vagancia. Era que estaba llenando mi RAM con tonterías que podían esperar.
Esos dos segundos los diseña gente muy lista para que no sean dos. Pero el dedo que abría la app era el mío.
Tardé, pero en el trabajo lo arreglé. Casi siempre.
Y un día, con eso ya funcionando, me pasó con el mando.
Esa noche recogí la cocina con un vídeo de fondo sobre gestión de equipos, porque había que “aprovechar” el rato. Y para dar con el vídeo bueno, me tragué quince por el camino.
Las niñas dormidas. El mando en la mano. Mi hora, la que llevaba todo el día esperando.
Y no me podía dar más pereza.
Veinte minutos con la cabeza en otro sitio. Miré el móvil un par de veces sin darme cuenta. Cambié de juego dos veces, todo me parecía lento, plano, una pérdida de tiempo.
Apagué pensando lo de siempre. Que ya no disfrutaba como antes. Que a lo mejor esto de los jueguitos ya no era para mí.
Y entonces lo vi. Era la escena de la oficina, con el sofá en vez de la silla.
No me había hecho mayor para jugar. Llegaba a mi hora con la cabeza ya gastada, igual que llegaba a las tareas difíciles los días malos.
Si llevas tiempo sospechando que los juegos “ya no son para ti”, en el capítulo 3 de mi libro te cuento por qué el problema empieza mucho antes de coger el mando:
Para cuando…
…quieres deslizarte un rato sin pensar en nada: Sword of the Sea. Surfeas sobre una espada por dunas que un día fueron mar, sin una sola línea de diálogo.
Se pausa cuando quieras. Guarda solo al terminar cada nivel, así que si sales a mitad repites ese nivel, pero son cortos y pierdes poco. Si lo dejas semanas, no hay nada que recordar: te subes a la espada y ya.
No es para ti si quieres algo más que moverte bonito: sus puzles son simples y se repiten. Está en PS5 y PC.
Sword of the Sea es de los que no gritan. Si una noche te parece que no pasa nada, igual no es el juego. Y si quieres volver a sentarte y estar dentro a los cinco minutos, no a los veinte, el capítulo 3 va de eso:
PD: Dime qué es lo último que miras antes de coger el mando. Te leo.
