A mí me gustaba salir de fiesta todos los fines de semana. Antes. Cuando no hacía "¡Ayyy!" cada vez que me sentaba en una silla.
Botellón, unas copas, y la noche entera de la discoteca a un pub y de ese pub a otro. Era la rutina y me lo pasaba genial.
O eso creía yo.
Una noche, ya tarde, me encontré con una amiga y nos sentamos a hablar. La conversación fue de todo un poco, hasta que me soltó una pregunta que no venía a cuento:
"¿Por qué te emborrachas cada vez que sales?"
No recuerdo qué respondí. Imagino que escurrí el bulto.
En mi defensa: no era de acabar vomitando (dos veces en mi vida) ni en coma (ninguna). Pero sí es verdad que me ponía demasiado contento todos los fines de semana.
Al día siguiente la pregunta seguía ahí. Me atormentaba, como si mi amiga siguiera sentada a mi lado, esperando la respuesta.
Y la respuesta era incómoda: yo lo había normalizado. Salir, borrachera, repetir. Para mí eso era pasárselo bien.
Pero lo que yo recordaba de pasármelo bien eran las risas, las conversaciones, los bailes, la música. El alcohol no salía en ningún recuerdo bueno. El alcohol era solo un puente. Un atajo peligroso hacia algo que no lo necesitaba.
Veinte años después me hice la misma pregunta con un mando en la mano.
¿Por qué farmeas cada vez que juegas?
Porque ahí estaba yo, un martes a las 23:10, dando vueltas a un circuito de Gran Turismo 7 que no me apetecía. Solo porque había comprado el volante y me mataba verlo cogiendo polvo. Haciendo un tiempo para una diaria en la que luego alguien me llevaría por delante en la primera curva. Todo con la misma cara con la que pongo el lavavajillas.
Las diarias, las rachas, el 100%, el platino. Eso no es jugar. Es el botellón: el ritual que confundimos con la diversión porque llevamos veinte años haciéndolo.
Con una diferencia. El botellón no tenía detrás un equipo de diseñadores cobrando por que repitieras. Ni un búho pasivo-agresivo recordándote que llevas 37 días sin fallar.
Y oye, si has farmeado hasta las dos de la mañana, yo también. Yo, el mes pasado, sin ir más lejos. Aquí nadie te mira por encima del hombro: tus malos hábitos son los míos.
Pero haz la prueba. Imagina que no hay racha que romper, ni diaria que caduque, ni porcentaje que subir. Nada que proteger. ¿A qué te apetece jugar esta noche?
Esa es la respuesta que le debía a mi amiga.
Tu hora es sagrada.
Para cuando…
…necesitas recordar por qué juegas: Journey. Dos horas y media de principio a fin, sin niveles, sin monedas, sin nada que farmear.
Caminas, resbalas por dunas, y en algún momento aparece un desconocido a tu lado y no podéis ni hablaros. Se juega en una tarde de sábado y se recuerda durante años.
No es para ti si necesitas objetivos y marcadores: aquí solo hay viaje. Está en PC y en PlayStation.
Si conoces a otro padre que juega con culpa, reenvíale esta carta. El club también es suyo.
PD: Por si te lo preguntas: sí, bajé el ritmo. Fue una de las mejores decisiones que he tomado. Gracias, Marisa.
