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El sábado puse el despertador a las seis. Sin peques, sin ruido, hora y media entera para mí.

A las siete seguía en la pantalla de la biblioteca.

Había entrado y salido de Guardianes de la galaxia dos veces. Había leído entera la descripción de Death Stranding, que compré hace dos años. Había ordenado mi lista por fecha de compra, que es lo que hace un hombre cuando ya sabe que no va a jugar.

A las siete y veinte se despertó la peque.

Madrugué para nada. Vaya puto pringao.

Y volvió a pasar. Otro sábado. Y otro.

Mira que soy tonto, pero a veces dos neuronas chocan por error y la cabeza hace clic.

Estaba gestionando mi biblioteca como el Team Leader ingenuo que fui.

Porque en mi curro las tareas no hacen cola educadamente. Son una horda de zombies que viene a por ti, y por cada uno que matas aparecen tres. Durante años intenté terminarlas: calendario, planificación, agachar la cabeza y hacer, hacer, hacer. El caballo corriendo detrás de una zanahoria que lleva colgada él mismo.

Hace cuatro años dejé de correr. Sigo sin terminar la lista, pero ya no me importa, porque tengo la seguridad de haber elegido bien lo que hago. Mato los zombies justos para pasar, ni uno más.

De lo que no me había dado cuenta es que en el sofá seguía corriendo.

Y aquello no lo inventé yo, lo saqué de un libro de 2001 que a lo mejor te suena. Organízate con eficacia, de David Allen. La idea buena es que no ordenes las tareas por lo pendientes que están, sino por el contexto en el que puedes hacerlas: delante del ordenador, con el teléfono en la mano, fuera de casa.

Ahí está el fallo cuando lo llevas al mando.

En el trabajo el contexto está fuera de ti: dónde estás y qué herramienta tienes. Un sábado a las siete de la mañana, o un martes a las once y media de la noche, el contexto eres tú. Con qué cabeza llegas, cuánto rato te van a dejar en paz, quién hay sentado al lado.

Así que dejé de preguntarme a qué quería jugar, que es una pregunta que no se puede responder con el cerebro en modo avión, y empecé a preguntarme otra cosa: para cuándo es cada juego.

Mi backlog ya no es una lista de pendientes. Y, ojo, tampoco es una cartera de inversión, que es la metáfora que se lleva ahora y que es la misma mierda con distinto collar: cambia la deuda por acciones y te deja igual, estrangulado.

Mi backlog es un menú. No me pregunta qué me falta por jugar. Me pregunta cómo llego, y me enseña solo lo que encaja.

Yo lo llamo Lista de Situación.

Y no, esto no va de exprimir la hora ni de jugar más rápido. Va de no gastarte la única hora que tenías en la puerta del restaurante, leyendo la carta.

Al menos yo prefiero gastarla comiendo que eligiendo.

Lo mejor es que no me lo inventé del todo. La gente ya lo hace sola, solo que del revés.

Hay un tío en un foro español que enseñó una captura de su biblioteca con una categoría de Steam llamada "Para un futuro lejano". Eso es esto mismo, pero dándole una patada: etiquetas juegos para un momento que nunca se va a dar.

Y en un foro de padres, otro contaba que se había quitado lo competitivo de encima y se había quedado solo con los juegos que podía soltar en cualquier momento. No lo llamó sistema. Lo llamó “lo que juego ahora”.

El sábado siguiente tardé un minuto en elegir.

Un minuto. Uno.

No jugué mejor ni jugué más. Jugué a lo que necesitaba, que resulta que era lo que llevaba dos años sin conseguir.

Ya no elijo juego. Elijo para cuándo.

Para cuando…
…tienes una hora por delante y sabes que cualquiera puede cortarte: Dorfromantik. Vas colocando fichas hexagonales de paisaje sobre un tablero, encajando ríos con ríos y trigo con trigo, y suena una musiquita. No hay enemigos, no hay cronómetro y no hay nadie esperándote.

Guarda solo cada vez que colocas una ficha, así que puedes soltar el mando a media jugada y volver al día siguiente donde lo dejaste. Una partida se va a entre treinta y sesenta minutos. La letra pequeña: el autoguardado ocupa una sola ranura y empezar otra partida se lleva la que tenías. Un clic en el icono de guardar la fija y ya no la pierdes.

No es para ti si necesitas que algo te salga mal para querer repetir: aquí no hay derrota, solo una partida que se acaba, y esa tranquilidad es justo lo que a algunos les aburre. Lo tienes en Steam, y si alguna noche te apetece lo mismo pero sin pantalla, existe la versión de mesa.

Respóndeme y dime cuánto tardaste tú la última vez en elegir. Te leo.