El jueves acabé enfadado con mis hijas. La culpa era de un videojuego, pero eso lo entendí dos horas más tarde.
Ellas creyeron que fue por no dormirse. Llevaban una hora y media hablando y riéndose, una encendiendo a la otra, y yo subiendo la voz cada vez más.
En casa lo llamamos el proceso: cena, ducha, dientes, pijama, cuento y a dormir. Dicho en una línea, parece hasta fácil.
Y normalmente me gusta. Es el rato en el que conecto con ellas y me sueltan las preguntas buenas, esas de "papá, si me trago una lenteja, ¿me crece una planta en la barriga?".
Pero aquella noche no. Aquella noche solo miraba el reloj.
Porque yo ya tenía el plan hecho: ellas dormidas a las 21:30, yo con el mando a las 22:00. Nadie me lo había pedido. Ese horario me lo puse yo.
Y cuando el plan se rompió, me enfadé con las dos únicas personas de la casa que no lo habían firmado.
Se durmieron a las 23:00. Me senté a jugar a las 23:30, que para alguien que se levanta a las seis es tardísimo. Y no, aquí no se hacen burpees a las cinco, tranquilo. Es solo para que te hagas una idea.
Me quedé dormido con el mando en la mano.
Me desperté a la una. Con la baba en la comisura, el cuello destrozado y sin recordar una sola cosa de lo que había pasado en mi amado Final Fantasy VII Remake.
Y con una frase en la cabeza: no podemos dirigir el viento, pero podemos ajustar las velas. Justo la había escuchado unos días antes en un vídeo de estos de frases estoicas.
Era la primera vez que me dormía con el mando, pero el patrón no era nuevo.
Yo no estaba ajustando ninguna vela. Estaba intentando meter lo que quería en el hueco equivocado, y frustrándome cuando no cabía.
A los 20, tenía más tiempo que criterio. Ahora es al revés. Y resulta que el criterio vence al tiempo. Llevaba 20 años sin ajustar mis velas.
El criterio es elegir un juego que quepa en tu noche, y no una noche que quepa en tu juego. Es jugar 40 minutos despierto en lugar de dormitar dos horas por orgullo.
Aquella semana hice una cosa: dejé el Remake para cuando tuviera más tiempo (y neuronas) y me bajé Absolum para el resto. Ahí sigo. Unas noches toca poco tiempo, otras el cerebro frito, y alguna incluso tryhardear (en modo padre). Tardé bastante en dar con el criterio para saber qué juego va en qué noche, y no fue por probar juegos.
No hace mucho, en un foro de padres preguntaron si alguno conseguía jugar. Mil dieciséis respuestas. Mil dieciséis personas con el mando en la mano y los ojos cerrándose, cada una convencida de ser la única.
No eres el raro.
Para cuando…
…son las 23:30 y solo te queda memoria muscular: Absolum. Un beat 'em up de los de toda la vida, hecho por los de Streets of Rage 4. Entras y pegas: no hay que recordar dónde te quedaste ni quién era nadie.
Las primeras partidas duran un cuarto de hora y se alargan conforme avanzas: la que llega al final se te puede ir a cincuenta minutos. Da igual, sales por el menú cuando quieras y la carrera te espera. Solo pierdes la sala en la que ibas. Lo que no puedes tocar es abandonar la carrera: eso sí lo borra todo.
No es para ti si necesitas que un juego te cuente algo: aquí la historia es la excusa. Está en PC, en PS5, en Switch y en Switch 2, y desde marzo también en Game Pass.
Responde y cuéntame con quién la pagaste tú la última vez. Leo todas.
